Ella camina sin prisa, con la solapa del abrigo levantada y la cabeza ligeramente inclinada, como si la lluvia fuera un idioma que conviene escuchar con respeto. En sus manos sostiene un cuaderno arrugado, las páginas ligeramente onduladas por la humedad; dentro, la letra se derrama en trazos temblorosos: poemas, notas, nombres. Entre las palabras, un título repetido a modo de mantra —La fragilidad de un corazón bajo la lluvia— parece unir todos los fragmentos dispersos de su memoria. No busca abrigo. La lluvia le ofrece una compañía transparente: cada gota es un recordatorio de que lo efímero también limpia.